El phishing —mensajes que se hacen pasar por una fuente confiable para robar datos o instalar malware— sigue siendo, año tras año, la forma más común de iniciar un ataque. No porque sea sofisticado, sino porque funciona: basta con que una persona haga clic.
Algunas señales que ayudan a reconocerlo:
- El remitente no coincide con quien dice ser: un dominio parecido pero no idéntico, o una dirección de correo genérica.
- Urgencia artificial: «tu cuenta será suspendida en 24 horas», «acción requerida de inmediato».
- El enlace no lleva a donde dice: pasa el cursor por encima (sin hacer clic) y compara la URL real con la que muestra el texto.
- Piden datos que esa entidad nunca pediría por correo: contraseñas, códigos de verificación, números de tarjeta completos.
Si algo no cuadra, no hagas clic: verifica por otro canal (llama al número oficial, entra directamente a la web escribiendo la dirección) antes de actuar. El spear phishing —mensajes personalizados dirigidos a una persona específica, con información real sobre ella o su empresa— es más difícil de detectar, así que ante cualquier solicitud inusual de dinero o datos, confirmar por otra vía nunca sobra.
