Un ataque de ransomware cifra tus archivos —o los de tu empresa— y exige un pago a cambio de la clave para recuperarlos. Es, desde hace años, el tipo de incidente que más titulares genera, porque paraliza operaciones de un día para otro.
Casi siempre entra por una de estas vías: un correo con un adjunto o enlace malicioso, credenciales robadas o compradas en algún mercado clandestino, o una vulnerabilidad conocida en un sistema que no se actualizó a tiempo. Rara vez es un ataque sofisticado y dirigido; con más frecuencia es oportunismo bien automatizado.
Las medidas que más reducen el riesgo no son costosas:
- Copias de seguridad periódicas, con al menos una copia fuera de línea (si el ransomware no puede alcanzarla, no puede cifrarla).
- Actualizaciones de software al día, sobre todo en sistemas expuestos a internet.
- Autenticación en dos pasos en cuentas de correo y accesos remotos.
- Capacitar al equipo para reconocer correos sospechosos — sigue siendo la puerta de entrada más común.
Pagar el rescate no garantiza recuperar los archivos, y financia al atacante para el siguiente ataque. La prevención —y tener un plan de respuesta antes de necesitarlo— sigue siendo la mejor defensa.
